Pablo Flórez (1926-2011): Poeta, juglar, historiador de la nostalgia, cantaor y contador de cuentos del Sinú, un libro abierto, mi maestro.
Pablito hablaba en verso y cantaba historias que documentaba en una grabadora de cassette. Entre pause y stop, cada frase era inventada con música y verso al tiempo; manejaba tan bien su grabadora que cuando retrocedÃa la cinta para escuchar su obra, rÃtmo melódico y fraseo eran perfectos y esperaban el momento de ser armonizados e interpretados.
El tiempo pasaba pero su voz era intacta, tan potente que yo no podÃa explicar de dónde salÃa; era una de esas voces que despertaba sentimientos que ningún otro instrumento hubiera podido suscitar. Interpretaba sus propias canciones, obras en donde la música estaba al servicio de la poesÃa. Traspasaba fronteras musicales componiendo e interpretando tangos, boleros y rancheras, asi como porros, cumbias y paseos sinuanos. Le cantaba al amor, a personajes legendarios como la bailaora de fandango MarÃa Barilla, se burlaba de si mismo con su canción “El hombre aquel”, le cantaba a sus tradiciones, “Los sabores del porro” no es más que un homenaje a la comida tradicional de su pueblo. Le componÃa a sus mujeres, una de ellas a quien no volvió a encontrar: “La aventurera”, a la niña Marce el amor de su vida, su compañÃa  y la razón de su partida.
Para aquellas personas que nos robábamos una parte de su corazón, su mejor presente fue canción. Pablito cantó hasta su propio entierro porque su vida era la música “la vida sin música es como un cementerio lleno de muertos que caminan y miran pero no sienten”.
Ir a visitarlo era como haberse quedado detenido en el tiempo, pues siempre permanecÃa sentado en su rancho ficticio que mandó pintar con un letrero que decÃa “finca la Flojera”, en cuya pared guindaba, literalmente una cabeza de ganado con unos cachos que según él, eran los que le habÃa puesto la aventurera. Allà cantaba y componÃa con su guitarra esperando el dÃa que yo llegara y le gritara un canto de vaquerÃa: !ehehehe Pablito Flóreeee! y el sonreÃa sentado al lado de la Niña Marce, en el mismo lugar donde yo lo habÃa dejado en mi última visita. Me cantaba, me contaba historias, me regañaba, me enseñaba sus canciones y la cadencia del Porro, la cadencia de Pablo Flórez.
Quien conoce a Diana,
No la olvida más
se queda metida en el alma
rosa sin igual,
camina como una diosa
ven a mi rosal ,
encantada mariposa
te quiero cantar.
¿dónde andabas tu?
Las últimas palabras que me dijo: el que diga que las despedidas no son tristes que venga y se despida.
Ahora con lágrimas en los ojos no hago más que cantar y recordar, agradeciendo a la vida por haberme puesto en el camino a un maestro que no sólo me enseño a cantar como una verdadera cordobesa, sino también me enseñó que para cantar, es preciso saber volar.
MarÃa Mulata